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    Con Virgilio en el sofá Por: Miguel Ávila Cabezas 12,50

    Hoy Virgilio vino a echarse a mi diestra en el sofá de terciopelo rojo. Ciertamente yo no lo esperaba pues él sabe sobradamente que cada cual es dueño y señor del espacio que le corresponde en suerte vital, y de la misma manera que nunca se me pasaría por la nevada cabeza ocupar el suyo, por ejemplo, elucubrar escatológicamente en su terrario, donde no habitan reptiles ni anfibios sino los eventos consuetudinarios que acontecen después de la digestión de su pienso para gatos esterilizados y con tendencia al sobrepeso, no veo por qué motivo él tiene que hacerlo con el mío aprovechándose de que en tal momento no estaba yo muy ojo avizor que digamos por más que enfrente tuviese a un cada vez más rejuvenecido y eternamente optimista Jordi Hurtado bregando en la pregunta caliente con los tres concursantes de «Saber y ganar». ¿La procesión va por dentro? Virgilio es más listo que el hambre que él nunca pasa y aprovecha la ocasión en que yo me comienzo a ir, flotando, por el abismo del sueño para echarse en el sofá, a mi diestra, y, claro, ponerse a ronronear que es lo que sin duda más me embelesa, más, incluso, que el hecho mismo de que, al primer envite, el ganador del reto acierte el enigma planteado en la parte por el todo.

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