Poesia (223)
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    Cada uno en su casa Por: Miguel Ávila Cabezas 9,62

    Miguel Ávila, que es un poeta hondo, ha conseguido en este libro describir una paleta de sensaciones únicas, de momentos, de pálpitos conscientes de su universo complejo en palabras sencillas; y ha dejado una colección extraída de ocho libros distintos, publicados desde 2004 a 2018, donde ciento veintiún haikus son suspiros versificados de quien escribió junto a ellos poemas más largos, para que así nacieran, como poemarios completos, Ladrón de limones o Batalla perdida, o los libros de pensamientos difusos Loquinarias y Segundo libro de las loquinarias.

    Y como no ha sido nunca ajeno a la tierra de la que procede, se ha impregnado de la poesía popular española que tan bien conoce, donde ya existe una estrofa muy parecida que, olvidándose de la naturaleza exterior, incide en lo más íntimo de quien la escribe; y no guarda las diecisiete sílabas porque nació, antes de que llegaran los aires del Oriente, en un lugar donde ya se cantaba en octosílabos: las soleares.

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    Sobre la tierra oscura del otoño Por: Jaime Gil García 10,58

    CON MI VOZ MÁS SEVERA

    Con mi voz más severa, / os pregunto: / ¿Sois las mismas sendas / que dejaron robar mi cuerpo? / ¿Sois los mismos ríos / que dejaron secar mis sueños? / Con mi voz más severa, / os pregunto: / ¿Sois los mismos campos / que dejaron segar mi infancia? / ¿Sois los mismos cielos / que dejaron raptar mi alma? / Con mi voz más severa, / os acuso.

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    Corónica Angélica Por: Antonio Carvajal, Rosario Trovato, 9,62

    El profesor de la Universidad de Catania Rosario Trovato y el poeta Antonio Carvajal se conocieron en Salerno (mayo de 1991). En 1992 Carvajal fue invitado por el compositor y cantante Alberto García Demestres, entonces residente en Módena, para diversas actividades, desarrolladas especialmente en Bolonia. De allí pasó a Catania, inaugurando así una ininterrumpida sucesión de viajes tanto suyos a Sicilia como de Trovato a Granada. Las convivencias anuales se convirtieron en una necesidad imperiosa para ambos, a veces acompañados por amigos (rara vez colegas)…

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    Jarchas del inmigrante Por: Miguel Ávila Cabezas 11,54

    La idea surgió porque ya estaba escrito que surgiera. Fue por esas cosas del destino que, como tales, se dan por casualidad, sin uno haberlo pretendido o haberlo buscado en un antes querencioso. Sucedió que en uno de los pasillos de la docta casa, y entre clase y clase, mi compañero de académicos lances, Jesús (sí, Jesús Flores), me comentó que él sabía mozárabe y que, incluso, en ocasión propicia había escrito alguna que otra jarcha en lengua aljamía. Hubo entonces algo que en mí se despertó, no sé, algo así como un fulgor que me vino al instante y que encendió en mi interior la primera de las cincuenta jarchas que, en forma la mayoría de cuartetas asonantadas, componen el libro. Sí, me imaginé a la amada, de rodillas frente a un mar tan inconcreto que bien pudiera ser todos los mares y desiertos del mundo por donde boga una humanidad errante a la busca de justicia, de paz, pan, libertad y esperanza. Una humanidad convulsa que quiere llegar a la otra orilla, que quiere ser y reconocerse en su propia existencia. Y entonces aquella afligida mujer me llevó de la mano hasta los versos de san Juan de la Cruz que me estaban esperando a las puertas del libro para que entre todos (san Juan, Jesús, la amada y yo) las abriéramos y la condujésemos a ella, jarcha tras jarcha, hasta el encuentro final del amado.

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    Del nogal y la huerta Por: Dionisio Pérez Venegas 9,62

    GLOSA ESCONDIDA

    a dos versos de Manuel Salinas

     

    Los peces y los pájaros / son del mismo linaje.

    Trémulos en las aguas, / trémulos en el aire, / vuelan, nadan, transitan / la transparencia

    y en el abismo diáfano / de las tersas salinas / se miran y se anegan.

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    Índice Por: Adrián Maceda Fernández 9,62

    A MANFRED GNÄDINGER

     

    Huele el cuarto / a fe de anacoreta. / La tierra se despierta sin concreta / inquietud, indistinta a la estera de esparto.

     

    Un hombre entre la roca y el lagarto / observa entre las ondas su crónica secreta. / La justa geometría de una aleta / cincela el sal y el mar, su pródigo reparto.

     

    Buques de bilis anegan el puerto. / El luto es como un eco de gaviotas / sobre la negra espuma de este plomo.

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    Abismos y costumbres Por: Iago Ferraces 8,65

    ROMPER LAS REGLAS

    Este dejar que las cosas desfilen / a sus anchas por el mundo de afuera. / ¿Cómo hacerte ver que no es abandono / lo que anima mis actos y perfila mi voz? / Es mi manera de romper las reglas, / como cuando el pájaro en su presidio / mira con desdén su propio silencio / de oruga / y una media sonrisa lo delata. / Para que adentro todo se rebele / no siempre es necesario / enterrarse astillas bajo las uñas.

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    El sonido del bosque en tu móvil Por: Manuel Lacarta 9,62

    DIENTE CON DIENTE

    Esta loca boca cuando muerde una / manzana, come un petisú de fresa; / da diente con diente, salpica saliva, / y se humedecen sus labios. De ella / salta un murmullo, el susurro casi / inaudible de un ¡ay! cuando ahora / tropieza, resbala, se traba la lengua /

    más abajo y busca una pepita, algo / que quedó entre dos muelas, posible / mente un resto de solomillo, la fibra / invisible de un gajo verde de kiwi / atlántico o un kiwi Zespri importado / de Nueva Zelanda, Italia, de la China. /

    ….

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    De nueva claridad Por: Carmina Moreno 9,62

    La obra que tienes en tus manos se terminó en el mes de mayo del año pasado. Lo que ahora se presenta es lo que podríamos llamar: «una relectura». «La relectura es una actividad que considero muy importante, ya que uno renueva el texto: el libro y uno ya no somos lo mismo en el momento de la relectura: Nadie se baña dos veces en el mismo río, sino en otro, agradeciendo la frescura de esas aguas», en palabras de Jorge Luis Borges.

    De nueva claridad concibe el poema desde la «atención plena», es decir, desde la conciencia, que no es otra cosa que alcanzar la línea de la creatividad, porque la conciencia es el centro del alma, como decía la filósofa María Zambrano. En la Edad Media, la «atención plena», la practicaban maestros como Eckhart y tanto en Europa como en Oriente tenía un halo espiritual. Luego, Teresa de Ávila y otros, se empeñaron en mantener un uso continuado.

    Las partes que el lector encontrará en este libro interior son cinco: «La senda del espejo», «La sed y el agua», «El deleite sin fin», «De brisas y rocío» y «Amor: único sentido».

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    Espejo de los Nombres Por: Emilio Alzueta 12,50

    Cuatro son las partes que componen este poemario y cuatro va a ser el número sobre el que se asienta su estructura: 4 partes, cada una con un número de poemas múltiplo de 4 y cada una empezando con un poema sobre lo Divino y terminando con otro sobre el Profeta: 4 + 4. De ahí que el octógono, con sus dos cuadrados (el celeste y el terrestre), tan conocido como utilizado en el arte islámico, esté en la dedicatoria del libro. Y de ahí que, en uno de sus poemas, «Dorada proporción», Emilio nos diga: Mas la estabilidad se funda sobre el cuatro: el edificio terrestre sobre el que puede asentarse la cúpula. Un poema, por cierto, que nos habla del Uno, la dualidad y el tres, dentro de su geometría poética que recorre todo el poemario en forma cíclica y nos hace pensar en Pitágoras o en un cierto sentido hermético y cabalístico pero que, en confesiones que el autor me hacía, fue brotando de manera espontánea. Y es que el latido que recorre este libro es cíclico y vital, misterioso y diáfano; el ámbito común de las cuatro partes ya lo describe el título: Espejo de los Nombres, la manifestación de los Nombres Divinos en la realidad.

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    El cuarto de revelado Por: José Lobato 8,65

    CÁMARA OSCURA

    Insiste el espejo en hablarme / de alguien a quien ya no me parezco. / Yo le aparto la mirada, / quisiera estrechar / la imagen que me devuelve, / pero no hay abrazo ya / que abrigue tanto invierno. / Yo que nunca conseguí aprenderme / de tanto aliento que puse / en empañar las verdades del cristal, / he encontrado esta mañana / mi cadáver aún con vida / en el espejo.

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    Donde duermen los silencios Por: Antonio Fernández Ferrer 9,62

    Donde duermen los silencios es una propuesta poética donde se une la reivindicación social con la elaboración de una nueva lírica que ofrece una manifiesta atención y preocupación por el uso de un esmerado lenguaje, al que Antonio Fernández Ferrer suele incorporar con frecuencia algunas reflexiones de orden metafísico o filosófico que no son en absoluto ajenas a su propio devenir existencial. El atractivo de sus poemas reside, pues, en la velada sugerencia de misterio que los rodea.

    Jesús Cabezas Jiménez

    Porque al fin se acaba el silencio, cuento y saboreo con minucioso placer, este ramo silvestre de poemas, cada uno explotando con un color diferente, como la misma vida, y cada uno emergiendo de ese silencio por mucho tiempo contenido. Se nos muestra así, un personalísimo y veraz conjunto de poemas de un hombre en plena madurez, consciente. Un humano de este tiempo, con toda la intencionalidad del calificativo, contestatario ante la injusticia y tremendamente empático.

    Teresa Martín Estévez

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    Como necesidad, el silencio Por: Manuel Lacarta 9,62

    V

    Voy a la carrera, por el pasillo / yéndome de casa, y su voz / me da alcance: —Trae limones. / Trae leche, dos barras de pan—, / y yo traigo cervezas Mahou / —un retráctil de seis botellines—, / repollo, una sola barra de pan / de espelta. Son nuestras pequeñas / diferencias en nuestro día a día.

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    De rime en rive Por: Nadia Ayoub 9,62

    LÀ-BAS

    Là-bas, à l’horizon / Un bateau quitte le port / Il se dirige vers des rives embrumées … / Et moi, de mon promontoire, je rêve / De grands départs …

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    Isla de la soledad Por: José G. Ladrón de Guevara 10,58

    Los llamados niños de la guerra, y José García Ladrón de Guevara lo fue en plenitud pues nació en 1929, sufrieron las consecuencias directas de la guerra civil que llenó de muerte el solar de España a lo largo de tres interminables años y dejó heridas sus almas para siempre. Así, la primera herida que recibió José cuando apenas si ensayaba a vivir provino de la muerte de su padre, el abogado Horacio García García, fusilado en Granada por los nacionales en 1938. Este luctuoso hecho le dejó la enorme herida de su orfandad –el recuerdo del padre es motivo recurrente en su poesía– con la añadida necesidad de su lucha por la vida y el logro de su propia formación desde temprana edad.

    Si hago memoria al comienzo de mis palabras de este hecho, junto con el del asesinato de Federico García Lorca en 1936, entre otras muertes granadinas e intentos de destrucción de la mejor cultura literaria que podría ahora nombrar (léase el poema «El aire pasa preguntando por Federico», más abajo reproducido), es porque permite comprender más cabalmente las condiciones sociales, culturales y personales a las que se vio sometido José García Ladrón de Guevara para trazar su vida, canalizar su mirada sobre el mundo, ya desde entonces herida, insisto, y lograr hacerse escritor. También, cómo no, sirve para valorar en su medida la contribución que hizo de palabra y de obra, junto con Rafael Guillén y un pequeño grupo de escritores, al renacer poético de Granada en el tiempo de silencio de una posguerra interminable.

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