Mirto Academia (91)
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    Isla de la soledad Por: José G. Ladrón de Guevara 10,58

    Los llamados niños de la guerra, y José García Ladrón de Guevara lo fue en plenitud pues nació en 1929, sufrieron las consecuencias directas de la guerra civil que llenó de muerte el solar de España a lo largo de tres interminables años y dejó heridas sus almas para siempre. Así, la primera herida que recibió José cuando apenas si ensayaba a vivir provino de la muerte de su padre, el abogado Horacio García García, fusilado en Granada por los nacionales en 1938. Este luctuoso hecho le dejó la enorme herida de su orfandad –el recuerdo del padre es motivo recurrente en su poesía– con la añadida necesidad de su lucha por la vida y el logro de su propia formación desde temprana edad.

    Si hago memoria al comienzo de mis palabras de este hecho, junto con el del asesinato de Federico García Lorca en 1936, entre otras muertes granadinas e intentos de destrucción de la mejor cultura literaria que podría ahora nombrar (léase el poema «El aire pasa preguntando por Federico», más abajo reproducido), es porque permite comprender más cabalmente las condiciones sociales, culturales y personales a las que se vio sometido José García Ladrón de Guevara para trazar su vida, canalizar su mirada sobre el mundo, ya desde entonces herida, insisto, y lograr hacerse escritor. También, cómo no, sirve para valorar en su medida la contribución que hizo de palabra y de obra, junto con Rafael Guillén y un pequeño grupo de escritores, al renacer poético de Granada en el tiempo de silencio de una posguerra interminable.

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    El ave de Minerva se eleva … Por: Manuel Ángel Vázquez Medel 10,58

    El gran proyecto euro-occidental de la Modernidad tuvo como referencia dominante la luz. Se trataba de iluminar, gracias a la razón, los rincones más oscuros de la existencia. De ahí que conozcamos el siglo XVIII como «El Siglo de las Luces». Por fin saldríamos de la oscuridad y del oscurantismo de creencias no fundadas y caminaríamos como adultos sobre el suelo sólido de la razón.

    Pero –ya lo advirtió Goya– «el sueño de la razón produce monstruos». Esos monstruos nos han acompañado durante siglos de hipertrofia racionalista y de postergación de la dimensión emocional, esencial para lo humano.

    La mayor iluminación de que hemos sido capaces se simboliza en el horror de los hongos de las bombas atómicas destruyendo decenas de miles de vidas en Hiroshima y Nagasaki, contrapunto del horror del fuego que devoraba los cadáveres en los campos de exterminio nazi. Se han eliminado muchos millones de seres humanos en nombre de la razón (teleológica, instrumental, impositiva), convertida en el nuevo dios, antes de que viniera a desbancarla el dios del dinero y la acumulación (el nuevo becerro de oro) que hoy nos domina desde la irracionalidad.

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    Tiempo de flores muertas Por: María Rosal Nadales 10,58

    La poeta cordobesa María Rosal destaca a lo largo de su carrera literaria por integrar en su obra tópicos y moldes clásicos, tomados de forma directa de la cultura grecolatina o a través de la tradición literaria hispánica renacentista y barroca (Molero de la Iglesia, 2007). El principal objetivo de este trabajo es identificar y sistematizar algunos de los elementos mitológicos más representativos de su imaginería poética, ya recogidos en las obras de Homero, Ovidio, Garcilaso de la Vega o Góngora, e indagar acerca de las directrices que rigen la integración de dichos materiales en una poesía muy alejada de los propósitos tradicionales. El análisis de la huella mitológica a lo largo de la poesía de la autora retrata un modus scribendi centrado en el propósito constante de cuestionar o desactivar todos aquellos artefactos poéticos que hunden sus raíces en la cultura patriarcal.

    En efecto, para configurar su imaginario artístico, la autora realiza, en poemarios que van desde Sibila (1993) hasta Discurso del método (2006), una reinterpretación personal y crítica de los tópicos y personajes heredados. Esta tendencia, que se mantiene hasta la actualidad, también se transluce en la faceta como docente e investigadora de María Rosal, que tiene como una de sus principales líneas de trabajo el estudio de la literatura con perspectiva de género. De hecho, en su trayectoria universitaria se centra en la necesidad de formar a una ciudadanía con sentido crítico, capaz de identificar aquellos estereotipos sexistas que se deslizan en las distintas manifestaciones culturales y contribuyen a una socialización diferenciada para hombres y mujeres, responsable de perpetuar las desigualdades.

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    Tardes en el Café Suizo… Por: Arcadio Ortega 10,58

    Lo recuerdo con la sepia nitidez de un sueño placentero cuando enturbio los ojos y cruzo ensimismado la puerta giratoria de cristal transparente, opacada en la sombra de la cortina beige en su envés, marrón para la sala, especie de telón que tanto limitaba, marginando la calle y dando paso y filtro a la estancia de cuadrícula vasta, donde las columnatas sostenían un techo en adornada escayola de circuncisos capiteles, mármoles en los suelos de presencia geométrica y espejos verticales cubriendo las paredes, conformando un salón egregio y trasnochado, donde pudo haber valses en esa «Belle epoque» que Granada no tuvo, pero que bien pudiera ser centro de atención para un romanticismo decorado en neoclásico, con sus grandes arañas de cristales prismados, sus Famas y Cariátides flotando en el ambiente, y un sueño rigodón perdido, ya lejano, que nunca se entonara, ni siquiera en cuplés del pequeño escenario montado sobre frágiles dinteles de la puerta, en que alegres mozuelas, diríase animadoras, canzonetistas, tonadilleras, y otras tantas figuras de retórica musical, hicieran las delicias de los tantos catetos que llenaban la sala en las horas del pase, al pico de las ocho, y más tarde, a las diez, sábados y domingos.

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    Un viento que viene de Emaús Por: Esteban de las Heras Balbás 10,58

    Emprendo este largo y extraño viaje para limpiar las telarañas del olvido, aunque presiento será tan estéril como la miel para los perros o como los suspiros de madrugadas en alcobas vacías. Las cosas que aquí cuento son de otra era y de otros aires. Doblemente viejas, por tanto. Son unos brochazos en el paisaje del alma que cambia con los días y solo se termina con la muerte. A veces, los pinceles siguen deslizándose por el lienzo de esas vidas acabadas, que se resisten a morir del todo. Y de eso va este libro. Quizá me repita a veces o puede que queden lagunas sin rellenar, pero lo que os voy a contar es casi todo cierto. De muchas de esas cosas la gente que vivió mientras ocurrían no llegó a enterarse. Incluso si alguien de vosotros lo cuenta por ahí, dirán que son fantasías o fábulas, pero no los creáis. Las personas que nieguen lo que aquí se cuenta son en realidad fantasmas que no han sabido vivir la vida que la Naturaleza les regaló, ni descubrir la belleza de la memoria. Son zombis en una sociedad que renunció a su intimidad y sus secretos cuando se metieron de bruces en las redes sociales y les entregaron su libertad.

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    De la renuncia de José Gutiérrez Por: Sultana Wahnón 10,58

    Aunque lleva su mismo título, este trabajo no trata solo sobre el poemario titulado De la renuncia, sino sobre el motivo que le dio nombre: la renuncia de José Gutiérrez. Mi primera intención fue centrarme en el análisis de este concreto libro, en homenaje a los treinta años que han transcurrido desde que vio la luz en 1989, pero el curso de la investigación me fue haciendo prestar atención a los libros anteriores del poeta. Mucho menos conocidos que De la renuncia y que el más reciente La tempestad serena, estos libros, cuatro en total, fueron publicados entre 1976 y 1980 con los siguientes títulos: Ofrenda en la memoria (1976), El cerco de la luz (1978), Espejo y laberinto (1978) y La armadura de sal (1980). En el momento de su aparición fueron muy bien recibidos por la crítica, que reconoció enseguida a su autor como una de las más firmes promesas del panorama poético de finales de los setenta, justo cuando empezaba a agonizar la estética representada tanto por novísimos como por culturalistas. A pesar de su juventud o quizás debido a ella, Gutiérrez fue saludado como uno de los poetas llamados a renovar la poesía española en sentido romántico e intimista, es decir, en exacta oposición a lo que todavía predominaba en aquellos años, la poesía neovanguardista e intelectualista de la generación del sesenta y ocho.

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    Bajo el árbol de la memoria Por: Jacinto S. Martín 10,58

    El cuento es un género narrativo distinto de la novela larga o corta. Hay muchísimos cuentos más largos que novelas cortas, aunque los cuentos suelen ser de menor extensión que estas.

    «Entre el cuento y la novela no hay ninguna similitud más allá de que sean ficción en prosa. Ninguna. Sirven para cosas distintas, hacen cosas distintas». «Un cuento captura emociones o movimientos de nuestra sensibilidad tan pequeños que si los tratáramos de apresar con una novela se irían, se escurrirían». Esta es la opinión del escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) que regresa a los relatos cortos con Canciones para el incendio (Alfaguara, 2018), el género con el que dio un salto de calidad 17 años antes con Los amantes de Todos los Santos (Alfaguara).

    Para el autor, la escritura de ficción parte de la curiosidad por las historias ajenas: «Hay cierta voracidad por la vida oculta de los otros. Esa idea de que todo el mundo tiene secretos, tiene misterios… Y la ficción es la manera que hemos inventado para sacar esos misterios a la luz».

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    Antes de la renuncia Por: José Gutiérrez 10,58

    En muchas ocasiones, el ejercicio de lo poético no ha de plasmarse necesariamente en una hoja en blanco. El silencio puede tener el mismo valor que un poema o un verso imperecedero, aquel que se persigue denodadamente. Como ha postulado Rafael Guillén, «no es lo mismo ir de poeta por la vida que vivir en estado de poesía». Una de las cosas que siempre he admirado de José Gutiérrez es que no «va de poeta por la vida», en el sentido de que no adopta apariencias que lo muestren ante los demás como un ser exclusivo, presuntamente original o poseedor de una sensibilidad singular. Su forma de ser va pareja a su poesía, cercana, cálida y absolutamente verdadera. Creo que tiene muy presente la máxima de Juan de Mairena de que «no es lo mismo pensar que haber leído». Entre la vida (el pensar y el sentir) y la cultura literaria (la mera acumulación de lo leído), para Gutiérrez siempre prevalece lo primero como algo incuestionable.

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    Rastros lectores Por: Wenceslao Carlos Lozano 10,58

    He reunido en este volumen una serie de textos de tema literario, en su mayoría reseñas aunque también de otro tipo, dispersos en revistas culturales desde bastantes años atrás, diez de ellos en El fingidor, esa tan añorada publicación de corta pero esplendorosa vida (1999-2007) creada por José Gutiérrez y hoy elemento ineludible del patrimonio cultural y documental de la universidad y de la ciudad de Granada. De tantas recensiones publicadas en las últimas décadas, he rescatado algunas que podrían conservar hoy cierto atractivo de lectura, descartando de entrada las dedicadas a sesudos estudios académicos a la vez que ciñéndome al espacio máximo que concede esta hermosa colección de Mirto Academia, de ahí que otro criterio de selección haya sido la relación de amistad o la afinidad electiva, según los casos, incluso en detrimento de títulos más literarios. La confluencia aquí de una decena de autores granadinos es, de por sí, prueba suficiente de una buena sintonía vecinal.

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    No todos los versos tienen héroes Por: José Antonio López Nevot 10,58

    Firmes propósitos para el verano

    El curso llegaba a su fin, y Luciérnaga me había abandonado por otro. Su luz ya no iluminaría mis noches, pensaba, me quedaría a oscuras con el antiguo dolor, preguntándome por la forma de los ojos de mi amada. La penumbra lapidaría mis sienes, y un estruendo de cascada resonaría en el lago sin fondo del insomnio.

    Como todas las mañanas, me encaminé a la universidad. Sentado en el aula, y mientras el profesor Exitus exponía la teoría del conocimiento de Louis Althusser, evoqué mi pasado con Luciérnaga. Durante aquel invierno, Luciérnaga había sido mi única compañía: vestida con su inconfundible abrigo de cuello de astracán, la veía emerger de la muchedumbre indistinta y acudir a mi encuentro como una ágil Artemisa sobre veloces patines; luego entrelazaba los dedos de mis manos con los suyos y nos dirigíamos al lago helado, donde patinábamos juntos hasta el mediodía. Comíamos en un bistro a orillas del lago y, poco después, nos apresurábamos hacia su casa, porque el crepúsculo caía sobre la ciudad con la rapidez de una nube de tormenta. Los días invernales eran tan breves en Arkadia, que apenas disponíamos de unas horas de sol; muy pronto, la noche se adueñaba de las calles con su avanzadilla de sombras, obligando a los transeúntes rezagados a correr hacia sus casas, como si un pavoroso toque de queda lunar regulase la vida de los hombres. Desde los comercios más lujosos, hasta las tabernas más miserables, todos los negocios cerraban a las tres de la tarde. Incluso los prostíbulos se quedaban vacíos a aquella hora. Yo, sin embargo, podía enorgullecerme de pasar las noches infinitas en compañía de la mujer amada, en la casa de sus padres, que parecían tolerar nuestra relación, pues mi presencia ofrecía cierta seguridad frente a la negrura absoluta.

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    Concierto triste para trío y coro Por: Miguel Arnas Coronado 10,58

    Silenciosa, lenta y sibilina, observa al gazapo que la mira embelesado, aturdido, con la inmovilidad de una raíz. Le bastará un rapidísimo abalanzarse y, tras forcejeo desesperado y estertor, tomarse todo el tiempo del mundo para engullirlo y hacer la digestión. Lenta, sibilinamente. El aire retiene el aliento.

    Es él quien lo ha impedido y en voz baja, como quien reza, pide perdón a la serpiente por haberle hurtado su desayuno o tal vez almuerzo, quién sabe. Saltó el gazapo y la culebra se retiró en sentido contrario con toda la rapidez de la que fue capaz. La ha visto escabullirse entre el matorral. Otro la perseguiría. Él se sienta y piensa. Lo ha impedido a conciencia: vio la escena antes de que ambos, presa y predador, lo vieran a él, demasiado concentrados en sus respectivos cometidos, y ha corrido hacia ellos dando palmadas. Le ha dado pena del diminuto conejo, quizá en su primera salida del agujero, despistado en afán juguetón. Sin embargo, él sabe que también debería haberse compadecido de la culebra y no actuar, quedarse quieto como todo el entorno, cielo, árboles, matojos, viento. O debería haber matado al reptil que hará gritar a las señoras paseantes por estas trochas, asustadas por algo que temen y desean a la vez: un espectáculo, el ondear de una serpiente e incluso a veces el enfrentarse siseando al humano cuando se asusta, un espectáculo que confían presenciar aunque les repugne, pues es algo que jamás verán en su cotidiano vivir de ciudad. Por eso, piensa, quizá convendría matarla y no matarla a la vez, que se comiera al conejo y no se lo comiera, que se quedara allí digiriendo bajo el sol y que al mismo tiempo huyese culebreando por entre los matojos. Dos mundos, pero ¿acaso la vida no consiste justo en eso, dos mundos?

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    Tenue armamento Por: Ángel Olgoso 10,58

    Como es bien sabido, cuando uno empieza a analizar sus propios escritos emprende un camino que puede llevar a la locura. Baste decir, por tanto, que en el florilegio de este pequeño volumen reúno algunos de mis textos de no ficción; una serie de migajas que se me han ido cayendo a mi pesar entre la escritura de libros, proyectos y peticiones amistosas; piezas condenadas a una muerte instantánea, dichas en voz alta y escuchadas una sola vez, como la proclama; piezas anfitrionas que sufren también propensión al desvanecimiento, como las presentaciones literarias (ese género galante en el que –según Iwasaki– unos disfrutan introduciendo y otros al ser introducidos) para decir de un autor o de su obra; piezas a las que se les otorga algún cobijo impreso, como los prólogos, los epílogos (esos ejercicios impecables de cobardía), las reseñas, las entradas de blog, las poéticas, los comentarios críticos o las cartas. Baste decir que tuve presente ese afilado axioma de Proust («Una obra en la que hay teorías es como un objeto en el que se deja puesta la etiqueta») y que esta ecléctica miscelánea de papeles menores –unos conocidos, otros difíciles de encontrar o simplemente inéditos– se limita a dibujar una nada intencionada poética, la efímera sombra de la escritura, del juego de crear; materializa sin querer un corpus de motivos, entusiasmos, obsesiones y encargos, vestigios de la fiebre del letraherido; tiende puentes a un territorio particular donde las fronteras se borran, a un gabinete de curiosidades, las del mismo autor. Baste decir, usando la terminología de nuestro académico y patafísico de espíritu Antonio Sánchez Trigueros, que acaso lo que extiendo ahora en el mostrador de estas hojas no sea más que mi propia bisutería literaria o mi manuario de escoria.

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    Antigüedad y trad. en las letras inglesas Por: José L. Martínez-Dueñas 10,58

    Los contenidos del presente volumen son varios y diversos pero forman un conjunto que pertenece a mis intereses más personales dentro del estudio de la lengua inglesa y, sobre todo, de sus letras. Sirva esto de advertencia para evitar malentendidos en su posible lectura, pues no pretendo revelar nada nuevo ni aportar originales opiniones. Mi ánimo es simplemente exponer, y si fuere posible compartir, unas lecturas que considero fundamento de un tiempo y de un espacio.

    Al incluir en el título que se trata de antigüedad y de tradición tan sólo ha de entenderse esto para explicar cómo obras de distintas épocas siguen unas claves de continuidad y muestran el origen y el desarrollo de una lengua, de unos significados y de unas tesituras vitales y de época en diversas etapas. En general, se trata de unos ejercicios de estilo y de reflexiones que he llevado a cabo, con mayor o menor fortuna, en diversos momentos. En realidad son parte de estudios para clases y seminarios que no llegué a dar por diversas razones en su totalidad, aunque algunos de éstos ahora ya convertidos en capítulos sí fueron objeto de exposición pública, al menos en cierto grado.

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    Viaje a Canarias y el resto de la Península Por: José Vicente Pascual 10,58

    La última década quedará ya para siempre significada como una de las más complicadas de la historia contemporánea española, por razón de la tremenda crisis económica aflorada a mediados de 2006 y manifestada en toda su virulencia a partir de 2008. A dicha vicisitud, tan dura y difícil de sobrellevar por muchos de nuestros compatriotas, siguió, por pura y humana lógica, una crisis social e institucional que ha puesto en entredicho la solidez de nuestras bases convivenciales. Ni la economía ni la política son lo que eran —posiblemente nunca lo vuelvan a ser—, y la relación de los ciudadanos con el Estado tardará mucho tiempo en restablecerse sobre el tono de colaboración y confianza que, por lo común, imperaba antes de todo diera impresión de desmoronarse.

    Justo durante los años más duros de la crisis, el autor residió en distintos lugares de España, por motivos laborales: Granada, León, Barcelona, Sevilla, Carmona, La Coruña, Mallorca, nuevamente Barcelona y, como punto final, Tenerife. Este casi permanente estado de provisionalidad entre unas ciudades y otras, le brindó la oportunidad de conocer el pulso de los días en lugares muy distintos y en época tan compleja. Sobre tal experiencia fundamentalmente —aunque no exclusivamente—, con un acento que se pretende amable y esperanzado, versa el presente ensayo: cómo se vivió y sobrevivió a aquellos tiempos difíciles en enclaves muy apartados de la geografía española, incluidos los territorios insulares.

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    Mito e invención en la poesía de Pedro Soto de Rojas Por: José I. Fdez Dougnac 10,58

    En abril de 1621, Felipe IV, una semana antes de cumplir los dieciséis años, sube al trono tras la muerte de su padre. Olivares era ya la sombra que adoctrinaba y guiaba al rey: su poder no sólo alcanzaba las más recónditas estancias de la Casa Real sino que se expandía por los complejos recodos del gobierno de la nación. En la década de 1620, el Conde Duque se propone inicialmente las mismas metas que los Reyes Católicos y Felipe II: «la defensa de la fe y la inalienable autoridad de la corona»; y puesto que estas prioridades se encuentran en peligro, por la nefasta herencia del anterior valido, el Duque de Lerma, se ve en la obligación de adoptar dos nuevos objetivos: la reforma y la restauración de gran parte de la configuración del Estado.

    Fue, por tanto, este periodo un tiempo de exaltación y cambios, la «etapa entusiasta», como la llamara Gregorio Marañón, que contó incluso con un gran respaldo popular. «Docenas de hombres desconocidos hasta entonces —comenta R. A. Stradling— pasaron a ocupar puestos no sólo en la Casa Real, sino también en el Gobierno, la administración pública y las fuerzas armadas»…

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